Historia del Seminario

Patio Jesucristo

En 1914 los eudistas llegaron a Usaquén. El señor arzobispo de Bogotá, Bernardo Herrera Restrepo, les confió la parroquia de Santa Bárbara. Encontraron el templo antiguo y en el costado norte del templo una sencilla y pequeña casa cural. Usaquén era un pueblo pequeño, a doce kilómetros del centro de Bogotá, con difícil acceso a la ciudad capital. Allí se instalaron estrechamente dos padres y cuatro seminaristas. Al entregarles la parroquia el arzobispo les dijo de viva voz que en ese terreno de la parroquia, que comprendía toda la manzana, podían construir su seminario.

Llegó desde la costa el padre Julio Vásquez, con experiencia en construcción. Se le pidió dirigir la edificación de unas habitaciones sencillas que pronto fueron insuficientes. Vino en esos primeros años el padre general Alberto Lucas (1916-1930) a hacer la visita. Fue el primer superior general que visitó todas las casas del interior de Colombia en  la incipiente provincia. Antes había venido el padre Angel Le Doré quien solo visitó a Cartagena.

El padre Lucas pidió en la visita que se emprendiera la edificación de un seminario más apto para la formación. Se encomendó la obra al arquitecto Pedro Riaño con asesoría del recién llegado Andrés Basset, todavía seminarista, quien hizo el diseño primero. La obra se emprendió en 1920 y terminó en 1930. Es un edificio de valor arquitectónico, de estilo republicano, que aún hoy en día es estudiado por profesores y alumnos de arquitectura. Había sin embargo un problema de orden jurídico: el terreno era de la diócesis y el edificio pertenecía a la congregación. Esto generaba inquietud e inseguridad. El edificio comportaba salones amplios que sirvieron de dormitorio común, de salón de estudio común, de capilla amplia y de comedor.

En 1939 hizo visita general el padre Francisco Lebesconte. En el acta de visita dejó consignado: “Pido al padre provincial que se estudie la posibilidad de construir un seminario donde cada seminarista tenga su celda particular”. Esta palabra fue recibida como una orden por el entonces superior provincial León Nicolas y por el padre Andrés Basset, superior del hasta entonces seminario escolasticado de San José. El primer paso fue buscar un terreno apropiado. Desde un principio se vio que el lugar más indicado era el terreno actual de Valmaría. Estaba cerca de la parroquia, en el pueblo de Usaquén, unos metros al oriente de la plaza central. Tenía agua propia y era apto para la construcción. Sin embargo los dueños del terreno se negaban a vender. Eran los herederos de don Pepe Sierra, dueño de la hacienda Santa Bárbara. Pensaban que puesto que en ese sector nacía el agua que necesitaba la hacienda, si se vendía para edificar, se pondrían en peligro las fuentes de agua. Ante la negativa se buscaron otros terrenos. Ya la congregación poseía un terreno conocido como la casa San Juan, unos kilómetros al norte de Usaquén, sobre la carretera que llevaba a Tunja, en la vereda llamada Lijacá. Incluso se pensó en Chía, a pesar de su lejanía e incluso del nombre de no muy buen recibo para los franceses. 

El padre Basset no se dio por vencido. Apeló a su tradición religiosa popular que conocía bien en Francia. San Benito era el santo a cuya intercesión se encomendaba el alejamiento de los malos vecinos. En uno de sus acostumbrados paseos por el camino que conducía a La Calera, hoy calle 119, sembró en el terreno que le apetecía una medalla de San Benito. Se quedó maravillado cuando a la semana siguiente de este hecho recibió llamada de la familia de Álvaro González Sierra, nieto de Pepe Sierra, encargado a nombre de su madre Rosaura Sierra, de la administración de la propiedad. Le comunicaban al Padre Basset que estaban dispuestos a negociar y vender el terreno.

En memoria de esta compra, que fue recibida como una gracia, se levantó, en el ángulo nororiental de la propiedad, un monumento en honor de san Benito. El dibujo de la imagen del santo es obra del Padre Rochereau. Se redactó en latín clásico una inscripción conmemorativa que dice:

Benedictus qui hunc fundum

nobis dedit

Sanctus Benedictus

(Sea bendito el que nos dio este terreno, san Benito) Era costumbre en el antiguo Valmaría que la comunidad en pleno se reuniera en el monumento cada año, el día de la fiesta de san Benito, para cantar con gratitud una Salve en su honor.

Se aceptó el negocio y se delimitó el terreno, “tres fanegadas y ochocientas varas cuadradas”, según la escritura pública, entre la carrera 4ª, hoy carrera 5ª, al occidente; el camino de La Calera al sur, la propiedad de la familia Morales al norte, divididas  esas dos propiedades por un arroyo llamado El Zanjón del Cementerio. Se firmó la escritura en la Notaría de Usaquén, bajo el número 1690, y el costo de la propiedad se tasó en 9.500 pesos oro de moneda legal colombiana. El notario se llamaba José María de Guzmán. La fecha de la transacción fue el 8 de octubre de 1940.

El Padre Andrés Basset se encargó de dirigir la construcción. Se pensó en un patio central, no cuadrado sino de forma rectangular, de dos pisos, con posibilidad futura de un tercer piso. La urgencia primera eran las habitaciones individuales. El Padre Basset contrató a obreros de Usaquén, dirigidos por un maestro de obra llamado Pedro Barato. Los seminaristas y Hermanos coadjutores de entonces colaboraron en el trabajo inicial de nivelación del terreno y primeros cimientos. Existe el registro fotográfico de esas paladas iniciales. La primera fase comprendía el ala occidental del edificio. La lápida conmemorativa del inicio de la obra en el patio central lleva la fecha de “Agosto 19 de 1942”.

El año de 1943 era fecha memorable. Se conmemoraban los trescientos años de fundación de la congregación. Qué mejor celebración podría darse que empezar a habitar el nuevo hogar. En enero de 1943 ya era habitable el ala occidental. Los primeros que ocuparon sus celdas nuevas en el edificio en construcción fueron 12 estudiantes de teología. Vale la pena recordar los nombres de los cuatro estudiantes del cuarto año de teología, que fueron ordenados sacerdotes el 25 de marzo de ese año: Miguel Salas, venezolano, futuro arzobispo, en proceso de canonización; Eduardo Acosta, científico que por 25 años va a ser profesor afamado de geología en la Universidad Nacional de Colombia; Joaquín Duarte, que posteriormente será superior provincial y Jesús Cardona Henao que va a trajinar muchos años por los seminarios menores. Vino con ellos el Hermano Pedro Calderón, que ese año ingresó en la comunidad, y se encargaba de hacer el desayuno en el salón que hoy ocupa la sala de lectura de la biblioteca. Para el resto de alimentación bajaban al seminario de San José donde habían quedado 27 estudiantes de filosofía y un noviciado de 13 candidatos de los que sobreviven hoy, junio de 2018, los Padres Gabriel Montoya e Ignacio Araújo. Vale la pena recordar a los Hermanos Coadjutores, particularmente al Hermano Alejo, fino carpintero, quien se encargó de puertas, ventanas, pisos, muebles, en ímproba labor.

Ese año de 1943 se emprendió la construcción de la capilla de Cristo Sacerdote, monumento valioso que merece estudio especial. La diseñó y dirigió su construcción el Padre Andrés Basset, superior de las dos casas de formación, Valmaría que empezó a figurar con ese nombre en el Personal. Quiso el Padre Basset que la capilla fuera construida con limosnas que fueron llegando con el entusiasmo propio de la fe que suscitó ya entonces esa obra.

En 1944 se inició la construcción del ala oriental y se cerró el claustro. Al mismo tiempo se dio inicio a la construcción de una casa para una comunidad de religiosas que se ocuparían del servicio de cocina y lavandería. Tenía separación rigurosa y entrada propia por la entonces calle 4ª, hoy calle 119. La comunidad escogida fueron las Hermanas Dominicas de Nazaret, de reciente fundación. Su fundadora fue la Hermana Sara Alvarado, quien anteriormente había sido Hermana del Corazón de la Madre admirable, seglares consagradas conocidas entonces como eudistinas. La madre Sara está en proceso de canonización. Fue en el año 1945 cuando el grupo de estudiantes de teología y filosofía, 44 en total, ocupó el nuevo edificio. Los novicios de ese año, diez en total,  llegaron para el segundo semestre. Entre ellos vale destacar a Eladio Acosta, futuro superior provincial y arzobispo, y Nicolás Bermúdez, futuro provincial de Venezuela y obispo auxiliar de Caracas.

En el interior de la casa hay varias estatuas, obra del insigne escultor Gustavo Arcila Uribe. En el patio central, en alto pedestal, domina la imagen de Cristo que extiende sus brazos en señal de consagración, bendición y protección. Originalmente llevaba una inscripción en piedra, en latín, tomada del libro 2º de Crónicas, 7, 16: “Elijo y consagro este lugar para que esté en él mi Nombre eternamente”. Hay en un corredor del patio una imagen blanca del Corazón de María que tiene en brazos el Corazón de Jesús Niño, en ademán de entregarlo a quienes pasan. Es la única estatua que está firmada en el pedestal por el autor. En la escalera del ángulo noroccidental hay una imagen de María, preciosa, fina, delicada, con los ojos cerrados, en actitud orante y contemplativa. El autor la llamaba Nuestra Señora del Silencio. En la portada de entrada por la calle 119 hay también una imagen de María que acoge a quien llega a la casa. El escudo de la Congregación, obra del mismo Padre Eudes, se encuentra en varios lugares de la casa, así como en el ático de la fachada principal del seminario San José, en la plaza.

Según pedían las Constituciones el superior provincial asignaba un titular a la casa de la comunidad, de un misterio o de un santo. El titular escogido fue María Reina y con ese nombre empezó a figurar en el Personal. Pero el nombre de la propiedad fue Valmaría. No vino como elección de última hora. Con ese nombre aparece ya en la Escritura pública de compra del lote. ¿Por qué ese nombre y de dónde venía? Es posible pensar que el padre Leon Nicolas, hombre cuidadoso y buen conocedor de detalles, hubiera escogido ese nombre hermoso y llamativo. Nacía una obra amada y era la realización de un sueño. Recordó que los padres de san Juan Eudes, después de tres años de matrimonio, fueron a la población de Les Tourailles, a un santuario de María conocido con como Notre Dame de la Recouvrance. Equivalente de Nuestra Señora de los Remedios. Iban a pedir a María, la madre, que les alcanzara el fruto de tener un hijo, ya largamente deseado. Ese hijo llegó bendecido por Dios y se llamó Juan Eudes. Ese santuario se encuentra en un pequeño valle de una región un poco montañosa conocido con el nombre de Le Val Marie. Lo castellanizó con el nombre de Valmaría.

El material de que está construido el edificio es ladrillo ordinario, propio de la época. Se procuró, a todo lo largo y ancho de la casa, combinar ladrillos de color rosado y negro. Se pintaron de blanco algunas franjas que rodean puertas y ventanas y señalan la separación de los dos pisos. Estas franjas rompen la monotonía de la fachada. El edificio presenta un conjunto agradable a la vista. En el costado occidental se presentó la fachada principal con vista hacia el pueblo de Usaquén y la sabana de Bogotá.

Este es Valmaría, austeramente construido pero de valor histórico no solo para la congregación sino para la ciudad de Bogotá, reconocido patrimonio histórico de la capital. Para nosotros es el hogar que ha acogido la mayoría de los eudistas que allí se han formado como cristianos y sacerdotes. Precioso legado de nuestros mayores, herencia invaluable que recogemos y transmitimos haciendo historia de salvación.

Álvaro Torres Fajardo

Eudista

Junio 23 de 2018

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